Una bodega de barrio no se mide en estrellas ni en likes. Se mide en clientes que entran sin mirar la pizarra, en camareros que se saben el bocadillo antes de que lo pidas y en vermuts servidos al mismo gesto de la muñeca que el dueño le enseñó a su sobrino.
El Garnacho es eso, en versión Valdebebas. Un local pequeño con cuatro mesas dentro y otras cuatro fuera cuando aprieta el sol. Vino tinto de garnacha — la uva que nos da nombre — servido en jarra de cristal grueso. Tapas honestas, escritas a tiza, que cambian según lo que haya en la plaza.
No hay carta de autor ni hay pinzas en los platos. Hay tortilla cuajada como debe ser, croquetas hechas a mano los miércoles y un bocadillo de calamares que pesa lo suyo. Hay menú del día para los del barrio, vermut a la una y media para los que salen del polígono, y vino hasta las tantas para los que no tienen prisa.
Casticismo sin postureo. Bodega de las de toda la vida, recién abierta.








